Mónica Maristain: la periodista que escuchó antes de preguntar

Mónica Maristain convirtió la entrevista en un acto de escucha y dignidad. Periodista cultural, cofundadora de SinEmbargo, dejó un legado de rigor, ética y pensamiento crítico que sigue formando generaciones de periodistas.

Mónica Maristain no hacía entrevistas, abría conversaciones. Su legado en el periodismo cultural vive en textos honestos, críticos y profundamente humanos.

Homenaje a Mónica Maristain, periodista cultural argentina radicada en México, cofundadora de SinEmbargo, referente ético del periodismo cultural en español.

Un homenaje a la voz que convirtió la entrevista en un acto de dignidad

Mónica Maristain no hacía entrevistas: abría conversaciones. No buscaba la frase escandalosa ni el titular fácil; buscaba el pulso humano detrás de la obra, la grieta por donde se colaba la verdad. En un periodismo cada vez más acelerado, ella eligió ir despacio. Escuchar. Leer. Pensar. Y luego escribir.

Periodista cultural argentina radicada en México desde hace décadas, Mónica Maristain fue una de las figuras más respetadas del periodismo cultural en lengua española. Su nombre quedó ligado de manera inseparable a SinEmbargo, medio del que fue cofundadora y donde construyó una de las secciones culturales más sólidas, críticas y libres del periodismo digital mexicano.

La cultura como territorio político y humano

Para Maristain, la cultura no era un adorno ni un lujo: era una forma de entender el mundo. Desde la literatura, la música, el cine o el pensamiento, abordó siempre las grandes preguntas de la condición humana: el poder, la memoria, la violencia, el amor, la pérdida, la rebeldía.

Entrevistó a algunas de las voces más importantes de la cultura contemporánea, pero lo hizo desde un lugar poco común: la igualdad. Nunca se colocó por debajo del personaje, pero tampoco por encima. Conversaba de tú a tú, con rigor, con contexto y con una honestidad que incomodaba a quien no estaba dispuesto a decir algo verdadero.

Sus entrevistas se leen hoy como piezas de largo aliento, documentos vivos que resisten el paso del tiempo porque no dependen de la coyuntura, sino de la profundidad.

Una ética que no se negocia

En un medio donde muchas veces se confunde acceso con poder, Mónica Maristain defendió una idea casi radical: el periodismo no le debe nada al poder, solo a la verdad y a los lectores. Fue crítica incluso con los suyos. Incómoda cuando había que serlo. Firme cuando el silencio era la salida fácil.

Su escritura nunca fue complaciente. Tampoco cruel. Tenía una rara combinación de lucidez y compasión, una forma de señalar sin humillar, de cuestionar sin destruir. Eso, en estos tiempos, es una enseñanza enorme.

La maestra sin aula

Muchas y muchos periodistas jóvenes aprendieron a entrevistar leyéndola.
Aprendieron que una buena entrevista no empieza con la grabadora encendida, sino con la investigación previa. Que no se trata de lucirse, sino de poner al otro en el centro. Que preguntar bien es una forma de respeto.

Mónica Maristain enseñó que el periodismo cultural puede ser profundo sin ser elitista, crítico sin ser pedante, popular sin ser superficial.

Lo que queda

Quedan sus textos. Queda su archivo inmenso de conversaciones que hoy funcionan como memoria cultural de una época, nos deja su ejemplo.

Y queda, sobre todo, una lección urgente para el periodismo actual: no todo tiene que ser rápido, no todo tiene que gritar. A veces, basta con escuchar bien y escribir con honestidad.

Mónica Maristain nos recordó que el periodismo también puede ser un acto de amor por el pensamiento, por la palabra y por la gente.

Ese legado, firme, profundamente humano…no se apaga.

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